martes, 9 de diciembre de 2008

DOCTOR PABLO

Perdón, pedir perdón…
Tener que estar ahí, con vos, y no estar en esa pieza de mierda, en ese hospital de mierda…
Y él que se quedó tan solo, tan lejos, tan triste y enojado, y se fue. O lo llevó un dios, un puto súper ser que parece cagarse de risa del dolor de los hombres de Dios. Y vienen curas a decir que el dolor en la tierra salva en el cielo… qué dios raro dicho dios, tan sagrado y con tan poca humanidad; tan poca tierra entre los dientes.
Un caballo en la sala. Una puerta en el cielo. Y una Claudia por ahí.
Un decir ahogado por un tubo. Manos cansadas; venas tan hinchadas.
Un viaje en colectivo desde acá hasta allá. Un grupo de hermanos tan heridos, tan cansados como aquellas manos. Un silencio de 6 horas y un “hacia allá”. Una mamá tan fértil pariendo la muerte de un padre, y los hijos de los hijos llorando sin llorar, jamás.
Un amigo ahí.
Viajar todos para ver, estar y acompañar, y no creer que se irá, no creer ni aceptar; y lo que dice el Santo cuando habla por teléfono. Y lo que cuenta de lo vivido los últimos días de aquella semana… las alucinaciones, las no palabras, la mirada perdida, el desconocimiento de todo y de todos. ¿Sufrir? ¿Muerte llegando? La puta madre… ¡La puta madre!
El hospital de mierda, ese barrio de mierda, ese departamento alquilado sólo porque había una vez una tragedia; enfermedad… ese mes de mierda. El olor de la ciudad en ese tiempo; la ciudad teñida de humedad; olor a humedad…
Un señor con manos de gancho, un hotel enfermo, un lugar tan extraño, un lugar tan familiar.
Y yo tan lleno de tiempo para seguir siendo tan gay, capaz de mirar a los ojos tan azules del doctor pablo: el doctor del amanecer.

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