miércoles, 31 de diciembre de 2008

ÉSTO PASO MAÑANA

En un colectivo cotidiano viaja parado un marcos anónimo hasta ayer.
Un día lo miro lento y juego con él: lo dibujo en mi cama, lo imagino entrando a casa, lo desvisto y después lo visto y lo dejo bajar.
También lo veo en la garita, esperando mañana y después una tarde y un pasado mañana también.
Mi colectivo pasa y él lo deja ir.
Él espera y lo deja ir; espera y lo deja ir...
Su belleza no es; mi curiosidad lo vuelve hermoso.
Un día me decido: salto del asiento, toco el timbre y bajo a buscarlo aunque sea para verlo esperar. Desciendo del amarillo, regreso a pie dos cuadras y descubro la garita en donde él ya no está.
Ni siquiera se si es gay.
Tiempo después lo conozco, él me conoce, yo lo encuentro, él me encuentra.
Nos reímos, el universo conspira, destino vital, la risa de Dios...

viernes, 26 de diciembre de 2008

Cumpleaños 36

Mamá en la cocina; papá en el cielo.
Van cuatro meses y nadie es.
Mamá en la cocina y yo mañana cumplo años.
Es domingo, hay resaca por un Leandro casi a tiempo demasiado bueno para durar tan bien.
Mamá en la cocina busca licor.
Es junio, hace frío.
Sobremesa. Ella y yo.
Desde lejos le digo: mamá, soy gay.
Mamá en la cocina, silencio, y entonces?

...hay un llanto de madre viuda que pare de nuevo, hay un llanto de hijo libre que nunca pudo, hay un “hubo” por un Leandro justo a tiempo y hay una ausencia casi crónica que se llora una vez al mes...

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Nanchi

La melodía atravesó el momento justo de dos juntos, una madrugada de paladar áspero de alcohol y agite por ahí...
Olor a piel, cierto mal olor.
Un Nanchi; un “Hernán El Grabador de Crespo”: media barba colgando, manos largas cual pintor del cielo, dulce abrazo y una canción... Keane, frío y dulce a la vez.
Recuerdo la vergüenza mal disimulada de Nanchi cuando desnudo junto a mi desnudo, asumió con valentía un dedo deforme de un pié.
Su inocencia me derritió.

Lástima que yo estando no estaba, y lo dejé ir.

martes, 9 de diciembre de 2008

MARCAS

Nunca podría haber asegurado que al imaginarte conmigo, te estaba invitando a estar.
Después resultó que aquel escondite tan público nos encontró, nos abrazó, nos besó.
Condujimos el taxi hasta casa y en un devenir idiota logramos desvestirnos para comprobar, yo, con asombro, tu cuerpo lleno de ampollas con una historia que nunca jamás te atreverías a contar.
Tu cuerpo liviano, tu sexo gigante, mi yo impotente.
Una película empezada continuando a pesar, y vos y yo acabando juntos sin haber sabido jamás, saber empezar.Hoy todavía me seguís buscando, hoy todavía vas a llegar.

DOCTOR PABLO

Perdón, pedir perdón…
Tener que estar ahí, con vos, y no estar en esa pieza de mierda, en ese hospital de mierda…
Y él que se quedó tan solo, tan lejos, tan triste y enojado, y se fue. O lo llevó un dios, un puto súper ser que parece cagarse de risa del dolor de los hombres de Dios. Y vienen curas a decir que el dolor en la tierra salva en el cielo… qué dios raro dicho dios, tan sagrado y con tan poca humanidad; tan poca tierra entre los dientes.
Un caballo en la sala. Una puerta en el cielo. Y una Claudia por ahí.
Un decir ahogado por un tubo. Manos cansadas; venas tan hinchadas.
Un viaje en colectivo desde acá hasta allá. Un grupo de hermanos tan heridos, tan cansados como aquellas manos. Un silencio de 6 horas y un “hacia allá”. Una mamá tan fértil pariendo la muerte de un padre, y los hijos de los hijos llorando sin llorar, jamás.
Un amigo ahí.
Viajar todos para ver, estar y acompañar, y no creer que se irá, no creer ni aceptar; y lo que dice el Santo cuando habla por teléfono. Y lo que cuenta de lo vivido los últimos días de aquella semana… las alucinaciones, las no palabras, la mirada perdida, el desconocimiento de todo y de todos. ¿Sufrir? ¿Muerte llegando? La puta madre… ¡La puta madre!
El hospital de mierda, ese barrio de mierda, ese departamento alquilado sólo porque había una vez una tragedia; enfermedad… ese mes de mierda. El olor de la ciudad en ese tiempo; la ciudad teñida de humedad; olor a humedad…
Un señor con manos de gancho, un hotel enfermo, un lugar tan extraño, un lugar tan familiar.
Y yo tan lleno de tiempo para seguir siendo tan gay, capaz de mirar a los ojos tan azules del doctor pablo: el doctor del amanecer.

SUEÑO I

Estamos en una casa. Reconozco a papá, a mamá y al tío Daniel. Estamos como bailando en un lugar muy chico; es como que estamos bailando en el living de la casa; un living chico.
Reconozco que las paredes están pintadas de gris. Hay varias personas bailando, pero sólo reconozco a mamá y al tío.
A papá lo veo pero como de lejos, en una habitación contigua.
En el living, la gente que baila conmigo le hace señas a papá para que venga a bailar con nosotros, y él viene. Se lo ve muy delgado y pálido, ojeroso.
Nos reímos y divertimos mucho, hasta que vemos que a papá se le mancha la remera con sangre a la altura del estómago.
La música se detiene y aún cuando él no se da cuenta de nada y sigue bailando, mamá se acerca, lo frena y le levanta la remera para ver de dónde proviene la mancha de sangre. Es una herida pequeña; es una de sus úlceras que empezó a sangrar.
Ahora papá aparece acostado en una cama en el mismo lugar en el que estábamos bailando, con la diferencia de que ahora todo parece más oscuro.
Papá esta recostado boca arriba y en una posición muy rígida, con los brazos cruzados, y tiene como una mortaja que lo mantiene inmóvil. Mira hacia arriba, perdido, como sin tener un punto fijo, y pregunta qué es lo que tiene para estar así. Lo rodeamos mamá, el tío y yo.
Papá le pide a mamá que le diga cuál es el número que tiene grabado en la parte de atrás de su cabeza, justo en un lugar en donde él no podría verlo jamás. De hecho, para poder ver el número usamos un espejo.
Yo soy el que levanta su cabeza un poco para colocar el espejo detrás y ver así ese número.
Estoy enojado por este pedido de papá. Mamá también. Los dos lo retamos por su capricho. Papá me pide ayuda y me dice: ¿por qué…?
No le entiendo qué dice, es algo vinculado a mi falta de voluntad o a mi negativa por ayudarlo.
Como me doy cuenta de que mi actitud no es buena, trato de ponerle humor a la situación, y aún cuando le hago caso y trato de ver el número, le digo: es como que tuvieras un código nazi ahí.
Nadie se ríe.

BOULEVARD

Cuando salgo antes del laburo me siento visitante que usurpa territorios ajenos sin saber.
Cruzo miradas con propietarios transitorios de mis propiedades calles, de mis esquinas, de mis recorridos: comodato urbano de mi idéntico transitar.
Hoy subí al colectivo casi en simultáneo con otro tan así: joven, deporte, fútbol, piernas, bellos, gemelos, vestuarios, duchas, cuero, piel, vapor, soledad, vacío, experiencia, una vez probar, una vez nunca más. Deseo negado. Masturbación.Cuando salgo antes del laburo, suele ser.

AMONÍACO

En un rincón del cielo nada un hombre entre líneas y ginebras, ladrillos de pared.
Me quedó pendiente su charla justo el día en que nunca lo intenté.
Hoy recuerdo aquella vez:
Soy chico, tengo 8 o 9 años. Papá está haciendo algo con un bidón. Tiene en sus manos un bidón de amoníaco; o es una botella.
Papá me desafía, me pregunta si soy capaz de oler la botella, de aspirar amoníaco, me ofrece plata, me la muestra.
Papá destapa la botella, me acerca el pico a la nariz. Yo acepto seguro, convencido, capaz. Huelo. Aspiro intensamente un trago tan breve de ese olor tan fuerte. Se me llena la cara de olor. Es dolor.
Me quema. Siento fuego en la nariz, en la garganta. Mis ojos se llenan de fuego, de lágrimas de lava.
Lloro.Papá me da la plata que me gané.

viernes, 5 de diciembre de 2008

75 metros

No recuerdo su cara, sí su auto de taxi y la esquina oscura en la que sucedió.
También recuerdo sus olores, mezcla de piel húmeda y aceite de tractor.
Si era gordo no lo recuerdo; si era joven tampoco; si era feo no lo sé... yo estaba muy borracho; me fío de mis gustos de siempre: con una “curva” en el alma, flacos y jóvenes y algo pendiente por hacer.
Insisto: sí recuerdo su auto de taxi y la esquina oscura en la que sucedió.
Mientras mis amigos comían asado en casa a 75 metros de la esquina, yo saciaba mi imprudencia sexual succionando su pene en la oscuridad: después del viaje se lo pedí y él aceptó, a 75 metros de la esquina.
Acabó en mi boca.
Se manchó su pantalón y me puteó.
Me bajé del auto a los tumbos.

Entré corriendo a casa y lloré sobre el videt.
No vomité.
Mis amigos siguieron comiendo sin saber.

jueves, 4 de diciembre de 2008

ex

Tengo una mano chiquita que camina los dedos sobre la piel del fiel. Tengo un abrazo viejo y otro que empieza a envejecer.
Tengo un dolor carnal. Un carnaval.
Hoy vi vestido un hombre de niña aparecida. Veo niñas sin nombre esperando crecer.
Son sueños y fantasías; anécdotas sin pasión. Veo juegos de brazos. Un sueño pesado: camino por una calle que no reconozco, está sin asfaltar. En la esquina veo un Marcelo intentando llamar. Me refugio tras un árbol, no lo quiero ver. Marcelo va y viene mientras fuma, es mejor no verlo más. Sin embargo, está pegado a mi.

Recuerdo y culpa... ¿¡anoche soñé con él!?

Scalise

Una vez leí un cuento muy triste que me hizo gay, y lo olvidé.
Cada tanto, sobre todo cuando llegaba el otoño, volvían a mí imágenes de ese cuento y, sobre todo, algo de su título, el cual seguro incluía la palabra "japonés".
Ayer volvió: El Palacio Japonés, de Vasconcelos, y recordé Mi Planta de Naranja Lima, y recordé El Palacio Japonés otra vez.
Lo busqué, leí la primera página y lloré.
De golpe se destaparon más recuerdos: la biblioteca de mi escuela primaria, la obra de teatro "La Latita de Sardinas" de Gori que adapté para actuar, los baños húmedos, el sexo oral que le practicaba a mi compañero Scalise en el pupitre cuando la maestra vieja se daba vuelta, las clases de gimnasia en las que me sentaba en el tapial para ver los pibes en cuero, mis primeros gustos raros y vivos...
El Palacio Japonés fue mi primera lectura como gay en serio, y no lo sabía hasta ayer.