martes, 9 de diciembre de 2008

AMONÍACO

En un rincón del cielo nada un hombre entre líneas y ginebras, ladrillos de pared.
Me quedó pendiente su charla justo el día en que nunca lo intenté.
Hoy recuerdo aquella vez:
Soy chico, tengo 8 o 9 años. Papá está haciendo algo con un bidón. Tiene en sus manos un bidón de amoníaco; o es una botella.
Papá me desafía, me pregunta si soy capaz de oler la botella, de aspirar amoníaco, me ofrece plata, me la muestra.
Papá destapa la botella, me acerca el pico a la nariz. Yo acepto seguro, convencido, capaz. Huelo. Aspiro intensamente un trago tan breve de ese olor tan fuerte. Se me llena la cara de olor. Es dolor.
Me quema. Siento fuego en la nariz, en la garganta. Mis ojos se llenan de fuego, de lágrimas de lava.
Lloro.Papá me da la plata que me gané.

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