viernes, 31 de julio de 2009

Los sesenta olvidados

Recuerdo a los olvidados, vivo así.
Hace unos días me invitaron: la ronda empezó con un correo y ahora son sesenta los olvidados que van.
Yo no puedo ir, mis recuerdos no me dejan.
Hay historias de amor ocultas que, de estar ahí hoy, debería confesar y, la verdad, no puedo; no quiero ir.
Entonces yo era otro, yo no estaba, yo era yo pero no era yo.
Participé de todo: campamentos, clases, aulas, trabajos, fútbol, peleas.
Fui uno más sin ser yo, siendo cada día un poco menos yo.
Hoy escribí un correo para los sesenta olvidados.
Comencé escribiendo: la vida es implacable...
Y ahora, una a una llegan las respuestas y la confirmación de que, no todos pero algunos, todavía me recuerdan.
Y preguntan: ¿no vas?
Y yo pregunto: ¿a quién de mi recuerdan los olvidados?
Si supieran que entonces quise verlos desnudos vejándome.
Si supieran que entonces los seguí hasta el baño para verlos mear.
Si supieran que me enamoré de cada uno de los lindos y les escribí cuentos.
Si supieran que mentí tanto y tan bien para ser igual, ¿a quién recordarán mañana?

miércoles, 29 de julio de 2009

El Secretito

Cuando me llamó primero dije: “¿quién?”
Yo nunca lo olvidé.
Cuando me llamó le dije, después: “sí, claro, voy”.
Departamento cerrado; milanesas en aceite; vino caro; televisión.
Alfombra gastada, honesta. Vidrios y ventanas. Olor.
Él cocinando; yo acompañando; hijos durmiendo y una madre hermosa que no volverá.
Comemos, hablamos y tarde me quiero ir.
De pie los dos lo abracé, me abrazó y casi por error, demasiado cerca de la boca me besó.
Con poder pidió perdón, con vergüenza lloró, con miedo me pidió coger y con euforia lo ayudé.
Hoy él todavía no me llama más.
Hoy yo todavía callo mi asombro.
Hoy Dios todavía ríe mañana.

miércoles, 22 de julio de 2009

Es como dice Óxido

Mientras lo miro de lejos, se despliegan sus fibras dejándome ver su poder.
Yo recorro el cuadrado entre la una, la dos y la última serie del quehacer.
Él se acuesta boca abajo, trasciende el hierro y camina hacia mi.

Me sonríe y al pasar, su estela me acaricia.
Yo lo sueño.
Mi cuerpo crece y él lo nota, me lo dice.
Lo deseo, él lo nota pero calla.
Amo seguirlo, voy de cerca.
Y otra vez: la una, la dos y la última serie otra vez.
Como dice Óxido: musculación en cierne; antípodas del ojo que busca ver más allá de lo que ve.
Transfiguras: escenas del hombre deseando ser otro hombre.
Gimnasia plástica: gimnasia al sol.
Y entonces llega el día y entonces me invita a su casa y entonces voy.
Me mira como nunca, lo veo bien: él desnudo es arte, yo desnudo soy yo.
Placer agudo: combinación casi perfecta de un cuerpo más un cuerpo más el arte más mi yo.
Entra el viento, su piel se eriza, yo me sumo.
Placer agudo, cultura física, ecuación de Dios.

Puntitos de sangre sobre el sofá.

miércoles, 8 de julio de 2009

Plastilina Mosh

Flota el bailarín de flamenco ofreciendo su cuerpo de plastilina mosh.
Desde la red de lo obvio se lanza, su danza, cual pescado atrapado y nada más.
Se pinta las uñas, de negro, baila liviano, caliente, verano costanera, siempre a punto de llegar.
Tras el sexo simple el sexo complejo: glande que resbala, bolas que rebotan, penetración.
Tras el sexo complejo la charla: no sabe decir “ya me voy”; sí sabe aguantar, “¿me quedo un rato más?”.
Mi respuesta se calla porque no dice que no: acepta dejarlo, va a sufrir.
Con el tiempo se diluye, se cae, se arrastra, me pide paz.
Me saluda, me abraza, me besa y me ve.
Me seduce, me atrae, me gusta y otra vez: glande que resbala, bolas que rebotan, penetración.
Un error.
En el diario, bailarín de flamenco, éxito extremo por saber bailar.
En la calle, bailarín de flamenco, “¿ya te vas?”.
Mal. Mucho.
Sí, sufrió.

jueves, 2 de julio de 2009

El Guerrero

Entre los pasillos revestidos de la ciudad de las montañas, acampaban los niños del Brigadier Estanislao López en camastros bienolientes de tres en tres.
Yo era uno, yo era aquel, subido al tapial, espiando las piernas de los otros que corrían la pelota, esperando el guiño de mi ídolo de ayer.
Hoy refieren mis ojos a un cuarto en un hotel, previendo la noche, temeroso de ser, tímido mi cuerpo ajeno a ser visto, entre tanto chico desparejo: pubis vacíos, inocentes carnes, menos el de este Guerrero que entre todos se deja ver, desnudo, común para él, tan difícil para mi, todo su todo colgante las bolas rodeando el órgano que encabeza el pelo de esa parte de su cuerpo que yo no dejo de mirar.
Así me hice hombre de otros hombres, viendo y midiendo madura la carne: mientras yo lo tengo más chico, yo lo tengo más flaco, yo lo tengo más largo y yo lo tengo sin tener, mi ídolo de ayer, el Guerrero, me penetra sin tocarme y sin siquiera saber ninguna vez, como lo tengo yo.

Él ya tan hombre, ya tan real, yo nunca él, siempre yo: niño que mira, abstracto, al Guerrero hombre de su misma edad.

Gonzalo

Se llamaba Gonzalo, y se fue.
Era tan delgado como mi alma, tan inocente como yo, no.
Contraste: su glande.
Su piel aguda, fina, blanca.
Se llamaba Gonzalo, y se fue.
Siempre amanecido, frente a la Basílica, yo volviendo del; él yendo al: infierno.
Fueron una, dos y hasta tres veces. Fueron varios más de uno los abrazos en mi cama.
Fue un cuerpo suave de adolescente gigante; cómodo bajo mi manto, mirador sonriente de mi yo, súbdito de su él.
Subí y bajé tantas veces como mi muerte lo deseó, al infierno, a su cuerpo abajo, a su rostro de niño.
Lo toqué todo, lo limpié y despedacé. Lo bebí dulce de aliento ácido su ser.
A cambio se llevó un reloj, una, dos y hasta tres veces.

Gonzalo, amanece hoy por ahí.

miércoles, 1 de julio de 2009

Mientras el batallón carioca dormía avanzada la mañana

Mientras el batallón carioca dormía avanzada la mañana, yo lo vi; lo miré; lo vi y lo miré; nunca lo toqué.
Mientras el batallón rezaba el sueño abrazado a la resaca, yo lo vi, de cerca, lo vi; sin tocar.
Destacaba su esfinge el varón negro; de slip celeste; contraste de piel la tela sobre la negra piel.
Yo dormía en una pieza adjunta al living, pegado al niño de armadura azul, y en el devenir de un orinar matutino, avanzada la mañana, mi animé a mirar y entonces lo vi: pene esbelto, erección plena, no grande su porte, de forma angulosa insinuante su presencia, glande menor, tras el celeste telón del slip, en el escenario de un cuerpo letal, durmiente su dueño.

Ni el batallón ni el durmiente supieron nunca de mi observar flotante; de mi no tocar y de mi deseo atrevido imaginando tocar.