jueves, 2 de julio de 2009

El Guerrero

Entre los pasillos revestidos de la ciudad de las montañas, acampaban los niños del Brigadier Estanislao López en camastros bienolientes de tres en tres.
Yo era uno, yo era aquel, subido al tapial, espiando las piernas de los otros que corrían la pelota, esperando el guiño de mi ídolo de ayer.
Hoy refieren mis ojos a un cuarto en un hotel, previendo la noche, temeroso de ser, tímido mi cuerpo ajeno a ser visto, entre tanto chico desparejo: pubis vacíos, inocentes carnes, menos el de este Guerrero que entre todos se deja ver, desnudo, común para él, tan difícil para mi, todo su todo colgante las bolas rodeando el órgano que encabeza el pelo de esa parte de su cuerpo que yo no dejo de mirar.
Así me hice hombre de otros hombres, viendo y midiendo madura la carne: mientras yo lo tengo más chico, yo lo tengo más flaco, yo lo tengo más largo y yo lo tengo sin tener, mi ídolo de ayer, el Guerrero, me penetra sin tocarme y sin siquiera saber ninguna vez, como lo tengo yo.

Él ya tan hombre, ya tan real, yo nunca él, siempre yo: niño que mira, abstracto, al Guerrero hombre de su misma edad.

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