Cuando Paulo escapo entre los baldíos, jugando al capitán, yo lo seguí de cerca por mi admiración.
Era el líder, mi héroe, mi obsesión.
Delgado como nadie, fibrosas carnes y un pecho firme de acero con piel, moreno al sol, ojos negros en la tarde, lo deje correr y lo seguí, por amor.
Entre los baldíos en la aventura de perseguirlo, lo esperé escondido ahora devenido en opuesto, y lo frené de golpe con mi puño erguido sobre su vientre.
Se quejó de dolor, casi lloró sin llorar, como un buen líder, y me odio con sorpresa.
Sus ojos no me perdonaron más. Los míos negaron la verdad: con apenas doce años, te busqué para tenerte y, por no poder tocarte, te rocé la panza con fuerza, y te desee aún más, hoy, cuando te veo, a media cuadra de donde estoy.
Por eso te pegué, así te pude tocar.
viernes, 6 de febrero de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
Estas historias son las que te distinguen....
Publicar un comentario