jueves, 19 de febrero de 2009

Doice

Yo nunca me masturbo, le dijo él a él, una vez.
Entonces fue distinto, distante, ajeno, diferente, se sintió.
Suspendido un pedazo, reemplazado por este, él eligió: más amigo, menos gay. Viajaron; fue un cielo, un puerto bello, un whisky sour, las patas al sol. Erección que pudo verse, de mañana.
A la vuelta hubo un gol de media cancha, una pérdida, un pitazo final y hermosos más hermosos corriendo para él.
Yo siempre atajo, le dijo él a él, una vez.
Y en el vestuario de una noche se bañó el virgen de pajas, tan desnudo a sus ojos.
Y él aceptó feliz; suspendido un pedazo, tan amigo, menos gay.
El virgen migró, él se quedó, a la orilla, siempre.
Hay años añejos, de a ratos sabios, padrazo uno; él no.
Hay sueños fútbol, nunca y siempre, otra vez y una vez, los doice.

No hay comentarios: