En un rincón porfirio de la noche, bailan borrachos tres y dos más: la él, la él y la yo, y dos más… uno más justo que el otro, y el otro más que ni recuerdo.
Conquisté al más justo: 1,60; gran cuerpo, boinita y actitud letal.
Nos fuimos a la casa de antonia, tan famosa por su olor; una puerta gigante de dos hojas, un pasillo inicial, y un sinfín de habitaciones todas para mi.
En la más grande dormía yo.
Entré con el más justo sin recordar aún hoy si entramos juntos o separados; si me desvestí o me desvistió.
Después ya es de día, le pregunto por qué está él conmigo ahí, le pregunto si le tuve que pagar para que venga a mí, no le pregunto más y lo beso.
Sexo: lo deseo, él creo que no, lo sabe y me corre justo antes de acabar en mi boca. Se levanta, lo veo mejor, es hermoso. Pide permiso, se levanta y pasa al baño ubicado a metros del sinfín.
Vuelve, se viste, me pide un peso para el Bondi y se va.
Lo busqué sólo y lo mandé a buscar. Un pañuelo, una carta, un “no” y un “veníte a bailar con nosotros”.
Tiempo después, cuando ya no lo podía encontrar, él me vio justo ahí; justo acá.
Nos saludamos en silencio, a veces nos vemos: hola, chau.
Un luciano.
jueves, 15 de enero de 2009
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2 comentarios:
Me gusta lo tuyo. Es crudo, de callejón. Muy bueno. Lo de pagar o no, cronica sucia a lo Capote.
Genial.
Te agrego a mis blogs recomendadxs
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