Fue cuando empecé a ser, a cinco cuadras de casa.
Él no fue el que me gustó, su compañero era el hermoso.
Al hermoso lo busqué toda la noche…
Escaleras abajo, en el umbral del placard, borracho y jaqueado por el sol, lo invité a mi casa; me dijo que no, sonriendo.
El no hermoso, pegado al hermoso, sin querer ni sonreír me dijo que si.
Y entonces no recuerdo mucho más.
El no hermoso desnudo sobre mi cama, y mi yo desnudo sobre su cuerpo desnudo, inaugurando mi sexo oral tan capaz y voraz.
Al final le pagué y alquilé su odio por un tiempo.
Fue cuando empecé, a cinco cuadras de casa.
Todavía hoy me visitan los golpes de su mano en mi puerta, o su voz en mi ventana, reclamando su paga de nuevo, a cambio de abrir mi puto placard…
Me salvó el chino.
domingo, 11 de enero de 2009
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